Cuando pensamos en los elementos que hacen especial a una etiqueta, solemos fijarnos en el papel, los colores, los relieves, los estampados o los acabados.
Pero hay un elemento que a veces pasa más desapercibido y que puede tener una enorme capacidad expresiva: el troquel.
Porque una etiqueta no tiene por qué limitarse a ocupar un espacio rectangular sobre una botella. Su contorno también puede comunicar.
Un troquel especial puede reproducir un paisaje, sugerir una arquitectura, reforzar el origen de un vino, evocar una historia o convertir una idea creativa en algo tangible.
Y cuando eso sucede, el troquel deja de ser simplemente una cuestión de fabricación. Pasa a formar parte del concepto de la etiqueta.
Un paisaje convertido en etiqueta
Un buen ejemplo es Dominio de Arus, de la Cooperativa de Haro.
Su etiqueta utiliza un troquel que reproduce el perfil de las Conchas de Haro, uno de los paisajes más reconocibles de la entrada a Rioja desde el norte. La silueta incorpora además la referencia a San Felices, en la cima del Toloño.
Para alguien que no conozca Haro puede ser una forma curiosa y diferente. Para un jarrero, la referencia resulta mucho más evidente.
Ahí está precisamente la fuerza de este tipo de recursos: la etiqueta puede hablar a todo el mundo, pero también puede tener códigos que conecten especialmente con quienes conocen su territorio.
Cuando el territorio también tiene un skyline
En Guardacumbres, de Bodegas La Emperatriz, el troquel lleva el concepto todavía más lejos: la silueta de la etiqueta reproduce el skyline de La Rioja.
El propio contorno se convierte así en una declaración de origen.
No hace falta explicar dónde está la bodega. La etiqueta lo sugiere a través de su propia forma.
Una ola para hablar del mar
En Finca Valiñas, el troquelado en forma de ola conecta inmediatamente con el universo marino de la marca.
Es un ejemplo sencillo pero muy efectivo de cómo una forma puede actuar como un elemento de comunicación antes incluso de leer el nombre del vino.
La arquitectura como inspiración
El troquel también puede trasladar a la etiqueta elementos arquitectónicos.
Es el caso de la etiqueta del licor de hierbas de Leyre, cuyo contorno recuerda la cripta del monasterio.
Aquí el troquel no es un adorno añadido al diseño: es una referencia física al lugar que forma parte de la identidad del producto.
Y hasta un sello puede contar una historia
En el caso de Ramón Bilbao, el troquel inferior adopta la forma de un sello de correo internacional.
La elección tiene sentido dentro del concepto creativo de la bodega, basado en los viajes de Ramón. El recurso convierte un elemento reconocible de la comunicación postal en parte de la propia botella.
Y eso es, en definitiva, lo interesante de los troqueles especiales.
No se trata de hacer una etiqueta diferente simplemente para que sea diferente.
Se trata de preguntarse:
¿Puede su forma ayudar a contar lo que queremos contar?
Cuando la respuesta es sí, el troquel deja de estar en el borde de la etiqueta.
Se convierte en parte de la historia.





